que espacio tan corto,
para odiarte.
se me encoge el universo,
para odiarte
se me seca la mar,
para odiarte
tomo lecciones,
para odiarte
leo sobre el odio,
para odiarte
hago brujeria
para odiarte
y te odio
con todo el amor
de mi alma.
que espacio tan corto,
para odiarte.
se me encoge el universo,
para odiarte
se me seca la mar,
para odiarte
tomo lecciones,
para odiarte
leo sobre el odio,
para odiarte
hago brujeria
para odiarte
y te odio
con todo el amor
de mi alma.
A veces cuando uno calla, pierde.
Estábamos los dos tan juntos que mi cuerpo se durmió, queriéndote...
te escribo desde los
centros de mi propia existencia
donde nacen las ansias
la infinita esencia
hay cosas muy tuyas
que yo no comprendo
y hay cosas tan mías
pero es que yo no las veo
supongo que pienso
que yo no las tengo
no entiendo mi vida,
se encienden los versos
que a oscuras te puedo,
lo siento no acierto
no enciendas las luces que tengo
desnudos,
el alma y el cuerpo
Estoy enferma de dolor, de pesadillas de labios compartidos, de mentiras y de verdades ocultas, de existencialismo nato, de palabras ligeras, de llamadas contestadas bajo la cama, del amor de dos que solo siente uno.
Te llevo como un objeto perteneciente a otra edad, encontrado un día al azar y que palpamos con manos ignorantes. ¿Fragmento de qué culto , dueño de que poderes ya desaparecidos, portador de qué cóleras o de qué maldiciones que el tiempo ha vuelto irrisorias, cifra en pie de qué números caídos? Su prescencia nos invade hasta ocupar insensiblemente el centro de nuestras preocupaciones, sin que valga la reprobación de nuestro juicio, que declara su belleza -ligeramente horrenda- peligrosa para nuestro pequeño sistema de vida, hecho de erizadas negaciones, muralla circular que defiende dos o tres certidumbres.
Así tú. Te has instalado en mi pecho y como una campana neumática desalojas pensamientos, recuerdos y deseos. Invisible y callado, a veces te asomas por mis ojos para ver el mundo de afuera; entonces me siento mirado por los objetos que contemplas y me sobrecoge una infinita vergüenza y un gran desamparo: Pero ahora, ¿me escuchas? ahora voy arrojarte, voy a deshacerme de ti para siempre. No pretendas huir. No podrías. No te muevas, te lo ruego: podría costarte caro. quédate quieto: quiero oir tu pulso vacío, contemplar tu rostro sin facciones.
¿Dónde estás? No te escondas. No tengas miedo. ¿Por qué te quedas callado? No, no te haré nada, era sólo una broma. ¿Comprendes? A veces me excito, tengo la sangre viva, profiero palabras por las que luego debo pedir perdón. Es mi carácter. Y la vida. Tú no la conoces. ¿Qué sabes tú de la vida, siempre encerrado, oculto? Así es fácil ser sensato. Adentro nadie incomoda. La calle es otra cosa: te dan empellones, te sonrién, te roban. Son insaciables.
Y ahora que tu silencio me prueba que me has perdonado, deja que te haga una pregunta. estoy segura que vas a contestarla clara y sencillamente , como se responde a un camarada después de una larga auscencia. Es cierto que la palabra auscencia no es la más apropiada, pero debo confesarte que tu intolerable prescencia se parece a lo que llaman el "vacio de la auscencia". ¡El vacío de tu prescencia, tu prescencia vacía! Nunca te veo, ni te siento, ni te oigo. ¿Por qué te presentas sin ruido?
Durante horas te quedas quieto, agazapado en no sé qué repliegue. No creo ser tan exigente. No te pido mucho: una seña, una pequeña indicación, un movimiento de ojos, una de esas atenciones que no cuestan nada al que las otorga y que llenan de gozo a quien las recibe. No reclamo, ruego. Acepto mi situación y sé hasta donde puedo llegar.
Reconozco que eres el más fuerte y el más hábil: penetras por la hendidura de la tristeza o por la brecha de la alegría , te sirves del sueño y de la vigilia, del espejo y del muro, del beso y de la lágrima. Sé que te pertenezco, que estarás a mi lado el día de la muerte y que entonces tomarás poseción de mí. ¿Por qué esperar tanto? Te prevengo desde ahora: no esperes la muerte en la batalla, ni la del criminal, ni la del mártir. Habrá una pequeña agonía, acompañada de los acostumbrados terrores, delirios modestos, tardías iluminaciones sin consecuencias.
¿Me oyes? No te veo. Escondes siempre la cara. te haré una confidencia - ya ves, no te guardo rencor y estoy segura que un día vas a romper ese absurdo silencio - : al cabo de tantos años de vivir... aunque siento que no he vivido nunca, que he sido vivido por el tiempo, ese tiempo desdeñoso e implacable que jamás me ha hecho una seña, que siempre me ha ignorado. ... ahora, después de este largo rodeo, creo que estamos más cerca de lo que iba a decirte: al cabo de tantos años de vivir - espera, no seas impaciente, no quieras escapar: tendrás que oírme hasta el fín - , al cabo de tantos años, me he dicho: ¿ a quién, si no a él, puedo contarle mis cosas? En efecto - no me avergüenza decirlo y tu no deberías enrojecer - sólo te tengo a tí. A ti. No creas que quiero provocar tu compasíón; acabo de emitir una verdad, corroboro un hecho y nada más.
Y tú, ¿a quien tienes? ¿Eres de alguien como yo soy de ti? O si lo prefieres, ¿tienes a alguien como yo te tengo a ti? Ah, palideces, te quedas callado. Comprendo tu estupor: a mí también me ha desvelado la posibilidad de que tú seas de otra, que a su vez sería de otro, hasta no acabar nunca. No te preocupes: yo no hablo sino contigo. A no ser que tú en este momento, digas lo mismo que te digo a un silencioso tercero, que a su vez...
No, si tú eres otro : ¿quién soy yo? Te repito, ¿tú, a quién tienes? A nadie, excepto a mí. Tú también estás solo, tú también tuviste una infancia solitaria y ardiente - todas las fuentes te hablan , todos los pájaros te obedecían -y ahora... No me interrumpas. Empezaré por el principio: cuando te conocí - sí, comprendo muy bien tu extrañeza y adivino lo que vas a decirme: en realidad no te conozco, nunca te he visto, no se quién eres. Es cierto.
En otros tiempos creía que eras esa ambición que nuestros padres y amigos nos destilan en el oído, con un nombre y una moral - nombre y moral que a fuerza de roces se hincha y crece, hasta que alguien viene con un menudo alfiler y revienta la pequeña bolsa de pus - ; más tarde pensé que eras ese pensamiento que salió un día de mi frente al asalto del mundo; luego te confundí con mi amor por ...; o con mi fe en ... Creí después que eras algo muy lejano y anterior a mí, acaso mi vida prenatal.
Eras la vida, simplemente. O, mejor, el hueco tibio que deja la vida cuando se retira. Eras el recuerdo de la vida. Esta idea me llevó a otra: mi madre no era matriz sino tumba y agonía los nueve meses de encierro. Logré desechar esos pensamientos.
Un poco de reflexión me ha hecho ver que no eres recuerdo, ni siquiera un olvido: no te siento como la que fui sino como la que voy a ser, como la que está siendo. Y cuando quiero apurarte te me escapas. Entonces te siento como auscencia. En fin, no te conozco, no te he visto nunca, pero jamás me he sentido sola, sin ti. Por eso debes aceptar aquella frase - ¿la recuerdas: "cuando te conocí"? - como una expresión figurada, como un recurso del lenguaje.
Lo cierto es que siempre me acompañas, siempre hay alguien conmigo. Y para decirlo todo de una sola vez: ¿quién eres? es inútil esconderse más tiempo. Ha durado ya bastante este juego. ¿No te das cuenta de que puedo morir ahora mismo? Si muero, tu vida dejará de tener sentido. Yo soy tu vida y el sentido de tu vida? O es a la inversa: ¿tú eres el sentido de mi vida?
Habla, di algo. ¿Aún me odias porque amenacé con arrojarte por la ventana? Lo hice para picarte la cresta. Y te quedaste callado. Eres un cobarde. ¿Recuerdas cuando te insulté? ¿Y cuando vomité sobre ti? ¿Y cuando tenía que ver con estos ojos que nunca se cierran cómo dormías con aquella vieja infame ... Da la cara. ¿Dónde estás? En el fondo, nada de esto me importa.
Estoy cansada, eso es todo. Tengo sueño. ¿no te fatigan estas interminables dsicusiones, como si fuésemos un matrimonio que a las cinco de la mañana, con los párpados hinchados, sobra la cama revuelta sigue dando vueltas a la querella empezada hace veinte años? Vamos a dormir. Dame las buenas noches , sé un poco cortés. Estás condenado a vivir conmigo y deberías esforzarte por hacer la vida más llevadera. No alces los hombros. Calla si quieres, pero no te alejes.
No quiero estar sola: desde que sufro menos soy más desdichada. Quizá la dicha es como la espuma de la dolorosa marea de la vida, que cubre con una plenitud roja nuestras almas. Ahora la marea se retira y nada queda de aquello que tanto nos hizo sufrir. Nada sino tú. Estamos solos, estás solo. No me mires: cierra los ojos, para que yo también pueda cerrarlos. Todavía no puedo acostumbrarme a tu mirada sin ojos.
Octavio Paz